Bruno Stagno   arquitecto

 

 

 

Arquitectura y sincretismo ambiental CONTINUACION 2

Habíamos decidido vivir en un país, aunque latinoamericano, desconocido, diferente y nuevo para nosotros. Pasamos de un país de cuatro estaciones a uno tropical, de uno del Cono Sur a uno de Centroamérica, en el que la primera Escuela de Arquitectura se fundó en 1970 y, sin temor a equivocarme, hasta 1950 no existieron más de 10 arquitectos formados académicamente. Esto quiere decir, entre otras cosas, que el escaso patrimonio que aun existe se debe mayormente a los maestros de obra y a constructores empíricos. Las publicaciones sobre arquitectura se reducían a un libro que recopilaba fotos de antiguas calles y edificios y otro sobre la casa de adobes.

Ante esto, tuve que abandonar una práctica arquitectónica cuya expresión tenía que ver con volúmenes blancos, techos planos y formas más bien puras, para iniciar la búsqueda de una nueva expresión más acorde con esta nueva latitud. Era urgente resolver esta crisis y hacer una arquitectura más propia de país que nos acogía.
Apoyándome en lo más esencial de la enseñanza aprendida en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile y en mi enriquecedora experiencia en París colaborando en la conclusión de los planos de la Iglesia de Firminy de Le Corbusier, empecé la búsqueda solitaria de algunas raíces culturales que fuesen el inicio de una reflexión para una arquitectura en Costa Rica.

Visité todo lo que me pareció ejemplo importante de arquitectura contemporánea y, al no encontrar allí un hilo conductor, comencé a recorrer al país y a observar. Lo primero quo descubrí fue que la vegetación y el paisaje son el patrimonio nacional. (No en vano Costa Rica tiene hoy más del 25% de su territorio protegido). Pero, ¿qué hacer con el paisaje, aparte de contemplarlo? Descubrí algunos atributos espaciales de este paisaje como son su interioridad, su luz tropical a los 1100 metros de altura, que cambia en instantes, diáfana después de la lluvia y oscura antes de la tormenta, la lujuria de los verdes, el cielo como paisaje y también el “enmontañamiento" (señalado por Constantino Láscaris) como comportamiento esencial de su población. De aquí surgió mi arquitectura, que es modesta, de pequeña escala y ejecutada en soledad creativa, por vocación, pero que nos produce una enorme alegría.
Retrocedí en la historia para analizar expresiones arquitectónicas que dieran cuenta de situaciones originales o, al menos, de las que se pudieran entresacar elementos para una futura práctica. Como no había grandes conjuntos urbanos con noción de unidad y tampoco publicaciones ni referencias académicas para orientarse, fue necesario reconstruir una referencia coherente a partir de fragmentos de arquitecturas que entre sí comunicaran la voluntad del espacio y una forma de vida local.

Analicé la arquitectura colonial, la republicana, la victoriana -de la que hay interesantes ejemplos- y la contemporánea, sin dejar de lado la visita y estudio de arquitecturas vernaculares que aun existen alejadas en la montaña. Pretendía seleccionar los elementos recurrentes que constituían tradición, es decir, que estaban presentes en todas las arquitecturas independientemente de la época de su construcción.


 

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