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La jerigonza arquitectónica que presenciamos tiene
un
recién nacido
en Costa Rica.
El minimalismo
se escucha por doquier y se menciona para caracterizar
una
arquitectura desprovista de ornamentos. Es un nuevo ismo
con
pasaporte de moda,
lo que le augura
una corta vida.
El espacio austero,
la reducida selección
de
materiales, la limitada gama de colores
y los volúmenes
puros,
son las herramientas
de los arquitectos minimalistas.
Pocos objetos, menos muebles, superficies lisas, uno que
otro cuadro
y una rosa, se destacan sueltos en el espacio.
Lo
que sobra estorba.
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La arquitectura minimalista es
para los
ascetas o para los perfeccionistas que ya han decidido todo
sobre sus vidas. Para el arquitecto español Alejandro
Zaera-Polo es para "jóvenes de sangre fría
y
pedigree".
Es una opción buscada
por el ciudadano
de gustos internacionales que frecuenta hoteles boutiques
y
que exhibe
su sofisticación mediante su austeridad.
En
ella no hay cabida para la sensualidad,
ni para anclar
el alma, ni para manifestar una espontaneidad, ni para expresar
en
el espacio una exuberancia.
Es una arquitectura anoréxica,
si la comparamos con la arquitectura
llamada rostipollesca.
Como muchas de las olas, ésta también
nos
vino de Europa donde parte
de su población, por
tradición, se complace con la economía del
espacio y con el disfrute de objetos estéticos que
escoge con sumo cuidado. Esta pulcritud contrasta
con
la humanidad del espacio urbano
de sus ciudades, rico
en sensaciones
y donde la vida se torna efervescente.
Lo opuesto al minimalismo es el bazar,
es decir aquellas
casas donde se acumulan objetos disímiles que rellenan
el espacio como si se tratara de un escaparate.
Por temor
al vacío, o por competencia,
se compra y se exhibe
lo que se mercadea
en el momento y que es la primicia
de
la ciudad y la delicia de los decoradores que promueven este
bric a brac.
¿Dónde quedó la lógica del espacio
tropical? La arquitectura para esta latitud señala
un
tipo de espacio que no es ni el minimalista más propio
del espíritu zen, donde el bichillo en la pared
perturba,
la ausencia de aleros
es problemática y donde
el techo se esconde. Ni el bazar donde la confusión
reina,
el polvo se acumula, los rincones
se multiplican,
y peor aún donde el espacio es relegado a la categoría
de envase.
La profesión obliga a reflexionar
acerca
de lo que es apropiado a cada tiempo
y lugar
para poder así con independencia hacer las propuestas
arquitectónicas
que ayuden a consolidar una cultura
que
reclama solidez. No me refiero
al retorno al zócalo
azul, al techo de tejas,
a las paredes blancas. El progreso
y
las influencias son inevitables,
pero es necesario seleccionarlas
y
adaptarlas para enriquecernos.
Evitemos entonces hacer
México
en San José, o Miami en San José
y
mas bien hagamos con dignidad la Costa
Rica
contemporánea en San José,
que por lo demás,
es eso lo que el visitante busca y es eso lo que podemos
exhibir
con propiedad, pero mas importante
aún
es eso lo que nos corresponde hacer. Aceptemos este desafío
y
caminemos por él.
18 de julio, 2003
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El baño
es una colección de piezas de diseño firmado, únicas
y bellas que se deben destacar, la cocina es una factoría
culinaria donde los utensilios rutilantes se exhiben colgados,
la sala con grandes vidrieras ofrece la vista escogida, en
la habitación destaca la cama y tal vez
una silla.
El proyecto es resuelto en su totalidad
por
el arquitecto, incluyendo muebles
y objetos, lo que le
devuelve a éste el control total sobre su obra y,
de paso, la confianza absoluta del cliente. No podría
ser de otra manera, ya que el secreto está en
el
equilibrio entre el espacio, los materiale
y los muebles.
Si la precaria armonía
se rompe la propuesta espacial
se traiciona.
La vida es limitada por la arquitectura
y
entonces no hay cabida para recuerdos
de viaje, comprados
espontáneamente,
ni para mas fotos familiares,
que
las previstas por el arquitecto,
ni para nuevos libros.
Y mucho menos
para aquellos innumerables objetos
que
ofrece el comercio.
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