Bruno Stagno   arquitecto

 

 

 

Minimalismo Bazar y Trópico

 

La jerigonza arquitectónica que presenciamos tiene un recién nacido en Costa Rica. El minimalismo se escucha por doquier y se menciona para caracterizar una arquitectura desprovista de ornamentos. Es un nuevo ismo con pasaporte de moda, lo que le augura una corta vida.

El espacio austero, la reducida selección de materiales, la limitada gama de colores y los volúmenes puros, son las herramientas de los arquitectos minimalistas. Pocos objetos, menos muebles, superficies lisas, uno que otro cuadro y una rosa, se destacan sueltos en el espacio. Lo que sobra estorba.

 

La arquitectura minimalista es para los ascetas o para los perfeccionistas que ya han decidido todo sobre sus vidas. Para el arquitecto español Alejandro Zaera-Polo es para "jóvenes de sangre fría y pedigree".
Es una opción buscada por el ciudadano de gustos internacionales que frecuenta hoteles boutiques y que exhibe su sofisticación mediante su austeridad.
En ella no hay cabida para la sensualidad, ni para anclar el alma, ni para manifestar una espontaneidad, ni para expresar en el espacio una exuberancia.
Es una arquitectura anoréxica, si la comparamos con la arquitectura llamada rostipollesca.

Como muchas de las olas, ésta también nos vino de Europa donde parte de su población, por tradición, se complace con la economía del espacio y con el disfrute de objetos estéticos que escoge con sumo cuidado. Esta pulcritud contrasta con la humanidad del espacio urbano de sus ciudades, rico en sensaciones y donde la vida se torna efervescente.

Lo opuesto al minimalismo es el bazar, es decir aquellas casas donde se acumulan objetos disímiles que rellenan el espacio como si se tratara de un escaparate. Por temor al vacío, o por competencia, se compra y se exhibe lo que se mercadea en el momento y que es la primicia de la ciudad y la delicia de los decoradores que promueven este bric a brac.

¿Dónde quedó la lógica del espacio tropical? La arquitectura para esta latitud señala un tipo de espacio que no es ni el minimalista más propio del espíritu zen, donde el bichillo en la pared perturba, la ausencia de aleros es problemática y donde el techo se esconde. Ni el bazar donde la confusión reina, el polvo se acumula, los rincones se multiplican, y peor aún donde el espacio es relegado a la categoría de envase. La profesión obliga a reflexionar acerca de lo que es apropiado a cada tiempo y lugar para poder así con independencia hacer las propuestas arquitectónicas que ayuden a consolidar una cultura que reclama solidez. No me refiero al retorno al zócalo azul, al techo de tejas, a las paredes blancas. El progreso y las influencias son inevitables, pero es necesario seleccionarlas y adaptarlas para enriquecernos. Evitemos entonces hacer México en San José, o Miami en San José y mas bien hagamos con dignidad la Costa Rica contemporánea en San José, que por lo demás, es eso lo que el visitante busca y es eso lo que podemos exhibir con propiedad, pero mas importante aún es eso lo que nos corresponde hacer. Aceptemos este desafío y caminemos por él.

 

18 de julio, 2003


El baño es una colección de piezas de diseño firmado, únicas y bellas que se deben destacar, la cocina es una factoría culinaria donde los utensilios rutilantes se exhiben colgados, la sala con grandes vidrieras ofrece la vista escogida, en la habitación destaca la cama y tal vez una silla.

El proyecto es resuelto en su totalidad por el arquitecto, incluyendo muebles y objetos, lo que le devuelve a éste el control total sobre su obra y, de paso, la confianza absoluta del cliente. No podría ser de otra manera, ya que el secreto está en el equilibrio entre el espacio, los materiale y los muebles. Si la precaria armonía se rompe la propuesta espacial se traiciona.

La vida es limitada por la arquitectura y entonces no hay cabida para recuerdos de viaje, comprados espontáneamente, ni para mas fotos familiares, que las previstas por el arquitecto, ni para nuevos libros. Y mucho menos para aquellos innumerables objetos que ofrece el comercio.