Bruno Stagno   arquitecto

 

 

 

¿Cómo salvamos San José?

Hasta hace pocos años San José era de las más equilibradas y armoniosas capitales americanas. Lucía una escala urbana envidiable y una unidad arquitectónica destacada. Cuando una ciudad tiene estos atributos, no es por casualidad.
La ciudad la hacen sus habitantes, pero también los habitantes se forjan en los espacios urbanos que la ciudad les ofrece. Hay un efecto recíproco. Se descubre en documentos, crónicas y relatos sobre San José, que la vida era apacible, con paso cansino, conversación y caminar lentos, y a pesar de su tamaño y su encierro

montañés, el progreso, la cultura y un “savoir vivre” tuvieron lugar. Había en ella una poesía en el vivir. De esto hace muy pocos años.

 

Es un espacio “a la buena de Dios”. Pero parece que hasta Dios la hubiese abandonado, después de haber sido tan pródigo con ella.

San José adolece de gravísimos problemas, cuyo futuro es agravarse más que solucionarse, si no hay una reacción del tipo emergencia nacional. Pero para esto habrá que contestar previamente muchas interrogantes:
¿Cómo se quiere que sea San José?
¿Quién decide qué ciudad se necesita o se desea? ¿Cuál será su imagen y cómo sus espacios? ¿Cómo se administrará su desarrollo? ¿Es la ciudad que pretendemos sólo una ilusión o está acorde con el medio económico y social del país?
¿Es deseable una centralidad excesiva para un país tan pequeño?

San José ya no provoca deseos de recorrerla, ni caminarla, como sí lo hacen otras ciudades. Ha perdido su poder atracción. Hay ciudades a las que les ha ocurrido lo mismo, pero se han recuperado. Entonces debemos imitar la actitud y el espíritu de sus autoridades

 



 

¿Entonces, qué pasó con San José? Ya nadie vela por ella. Ya nadie quiere volver al centro. Ya nadie se siente a gusto. ¿Será solamente que todos la han abandonado y a nadie le importa? ¿O será porque ha crecido sin ton ni son, si ilusión ni objetivo? Más bien, todo a la vez. Hoy existe un consenso: hay que evitar el centro. Todos quieren salir de allí y emigrar a la periferia. Esto es un mal signo. Todos sabemos que cuando se abandona un lugar urbano, no es que se vacíe, sino que se transforma en un espacio sin ley, sin objetivo y sin razón de ser. Ha perdido su vocación y su destino.