Sin duda la arquitectura es la manifestación cultural de mayor relevancia y trascendencia. Al observar la arquitectura, y su extensión natural que es la ciudad, nos damos cuenta cómo era la vida en el pasado y más directamente cómo es en el presente.
Entendemos, por ejemplo, los objetivos de las sociedades, su organización social, sus orientaciones económicas, el dominio de la tecnología, la importancia de los valores espirituales y como todos
estos aspectos se entretejen para caracterizar la vida y definir la cultura.
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Cuando a la dimensión cultural y a la calidad del tratamiento de los espacios públicos y privados se les atribuye importancia en la vida de los pueblos, la formación de los arquitectos, urbanistas, políticos, empresarios, periodistas y de tantos otros responsables resulta crucial. Por esto, algunos países no plenamente satisfechos con lo que han logrado, están incluyendo en las escuelas primarias programas para aprender a entender el espacio. Esta enseñanza desde el nivel escolar se está considerando como indispensable para ser un buen ciudadano. Así como los estudios ambientales entraron en la escuela hace años, ahora lo hacen los estudios de apreciación del espacio arquitectónico y urbano
Con esto se pretende que la vida en las ciudades sea una experiencia enaltecedora y no aniquiladora de valores.No es extraño que en una sociedad como la nuestra, que recién está aprendiendo a valorizar la arquitectura (la primera escuela de arquitectura es de los 70), algunos ciudadanos descuiden el patrimonio arquitectónico, y a pesar de las leyes vigentes lo destruyen. Tal vez no entienden que con esa destrucción también se pierden las referencias históricas mas visibles y notables y con ello la calidad del espacio público.Algo similar se pierde, cuando los edificios creados con esmero arquitectónico y enorme esfuerzo económico se cubren despiadadamente con rótulos y terminan como pedestales de anuncios
comerciales, y lo mismo sucede cuando parte importante de la construcción es responsabilidad de profesionales no formados como arquitectos.
Estos actos deben considerarse como síntomas, en una sociedad que ha contraído la enfermedad, controlada en gran parte del planeta, de destruir su patrimonio. No es de extrañar entonces que nuestra sociedad que presenta esos síntomas sufra esa enfermedad y destruya su patrimonio arquitectónico y con ello, de paso, vaya debilitando su fortaleza cultural.
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Cuando hacemos una lectura de nuestras ciudades, al ver tantas rejas concluímos que somos una sociedad atemorizada por los ladrones y al ver tantos rótulos decidimos que nuestro primordial objetivo es consumir. También observamos la desertificación del centro y como invadimos el paisaje, consumiendo el verde y agotando el agua de una manera exagerada. Y también destacamos que el país ha elegido como modelo de desarrollo urbano la dispersión, provocando un exceso de autos, de accidentes, y de consumo de combustibles, y tal vez lo más grave, fomentando la segregación
social y económica en una sociedad que se caracterizaba porque había forjado sus más sólidos valores nacionales en la solidaridad.
Los países que han entendido la arquitectura como un valor cultural para el disfrute de todos y como una actividad intelectual, en la que intervienen extensos y complejos factores, han legislado para garantizar la excelencia de los resultados. Lo han hecho pues le atribuyen acertadamente a la arquitectura el poder de condicionar la calidad del espacio urbano, al que también le otorgan una dimensión cultural. Por ejemplo en Francia el artículo primero de la ley relativa a la arquitectura dice que “la arquitectura es una expresión de la cultura y que la calidad arquitectónica y paisajística es un elemento constitutivo del entorno urbano y rural…” y más adelante “toda persona física o jurídica que desea construir, remodelar, rehabilitar, transformar o modificar un edificio o un monumento debe llamar a un arquitecto para establecer el proyecto arquitectónico que luego será motivo de permiso de construcción”.
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