Bruno Stagno   arquitecto

 

 

 

La plaza de la cultura

Fue una afortunada decisión trabajar con la diagonal, esa línea que acorta distancias y, cuando lo hace uniendo espacios urbanos, el resultado es siempre de sorpresas bienvenidas. Interconectar 2 espacios por sus esquinas ofrece recorridos urbanos nuevos, especialmente cuando esto sucede en una ciudad con cuadrícula española, donde las calles rectas y manzanas sin ante-jardín definen un espacio público riguroso donde sólo en cada boca-calle surge la opción de ir hacia la derecha o la izquierda.

 

Alegre decisión la de hundir el proyecto, haciendo que el Museo del Oro pasara agachado para no perturbar al que estaba antes. Respetuoso gesto de los arquitectos y de todos los responsables que con sensibilidad y visión lograron un valor urbano nuevo.
Napoleón conmovido, ordenó completar la Piazza San Marco, el salón de Europa, para estar y descansar, como la bautizó, para así terminar lo que estaba inconcluso. Se construyó lo que faltaba con estricto apego a lo existente.
Pero los espacios arquitectónicos y urbanos son más que estética porque acogen la vida y dan ocasión a ciertos actos urbanos que por su exclusividad se convierten en atractivos. Rápidamente La Plaza de la Cultura acogió la vida urbana josefina dando lugar para que expresiones que no encontraban espacio propicio lo encontraran ahí.

Una nueva y contemporánea ciudad apareció en
un espacio heterogéneo que mezcló lo moderno con lo clásico. Pero que lástima los rótulos agresivos.
Por un lado los inevitables vendedores de objetos, que ahora son tan comunes en las ciudades, y por otro los turistas sentados en sus mesitas al sol, todos mezclados con los transeúntes habituales. La plaza es un lugar de destino. Se echa de menos los parroquianos, los habitantes del sector, hoy transformado en zona de servicios y ya no más en residencia. Cuanto aporte se pierde en la vida urbana al desaparecer los vecinos de un barrio. Se van los que abastecen de alimentos, los comercios de barrio y en la noche la ciudad queda desierta y en malas manos. Recuperarla y nuevamente ofrecer 24 horas de vida en armonía es un objetivo.
La inversión que representó la construcción de la Plaza de la Cultura, fue justamente eso, una inversión pensando por supuesto en el futuro.

Cuando recordamos que la construcción del Partenón, ese templo griego que costó los 500 talentos que representaban la totalidad del PIB anual de Atenas, nos percatamos la importancia de aquellos dioses para los iniciadores de la civilización occidental. Estamos convencidos que siempre las inversiones en las ciudades resultan escasas si las comparamos con las ganancias en calidad de vida, consolidación cultural, herencia urbanística y, si se quiere verlo desde los réditos, en ingresos a las arcas de la ciudad por los gastos que en su territorio se realizan.

El impacto urbanístico de la Plaza de la Cultura fue trasladar el centro desde el Parque Central, cuando ya no había retreta luego de la misa dominical, hacia el foco cultural que ha distinguido a San José. Decisión importante para el destino del país, que contribuye a fortalecerlo y a significar la presencia de las artes en su vida cotidiana.



 

Cruzar en diagonal el espacio público representa una opción novedosa con el sentimiento de acortar distancia y descubrir nuevas espacialidades, ocultas o imposibles en las calles angostas y con fachadas paralelas. Ahora las fachadas aparecen de frente, tal como las dibujó el arquitecto y se aprecian sus proporciones y dimensiones en todo su esplendor. Pero hay más en esta apreciación del espacio urbano revalorizado.
Son inevitables los recuerdos de Venecia, donde la Piazza San Marco se articula por la esquina con la Piazeta, en uno de los espacios universales más inspiradores. Sentarse bajo el Reloj y un poco a su derecha, ofrece tal vez la vista más conmovedora. Se está al frente de la bisagra y se aprecia todo; a lo lejos el Gran Canal, Los Dogos en perspectiva, las fachadas, La Basílica de costado y de frente La Logetta y el Campanile, que es la bisagra de los espacios.

Una vista integral que abarca los espacios y que conmueve de manera indecible, porque ofrece todo a la vez.

El neoclásico del Teatro Nacional, desde que se abrió la Plaza, se pudo apreciar como fue concebido, como una fachada estática equilibrada de llenos y vacíos con cornisas y molduras, frontón y balaustradas. Una fachada secundaria que con el rigor vitruviano de su composición logró transmitir hacia la Plaza una experiencia urbana nueva. Ya se ha hecho cotidiana su apreciación y su incorporación en el paisaje urbano de la ciudad fue un gran aporte.

La columnata Dent, refigurada lamentablemente, porque perdió su respaldo que le daba vida, pero que por fortuna se prolonga con el pórtico del Hotel abrazando la plaza Mora para contemplar el Teatro Nacional. Este espacio que rinde homenaje a la fachada principal del Teatro se divisa a lo lejos desde la Avenida Central subiendo cuando se llega a la esquina baja de la Plaza de la Cultura.