Bruno Stagno   arquitecto

 

 

 

Tradición tropical y arquitectura contemporánea

Se acostumbra a pensar en la tradición como algo inmóvil y en la vanguardia como progreso. También se acostumbra a relacionar la arquitectura tradicional con un estilo y a la de vanguardia con una tecnología nueva. Ante esto la arquitectura contemporánea está con frecuencia atrapada, entre una arquitectura del simulacro, que remeda el pasado y una de hazañas tecnológicas cuya vigencia es hoy efímera.

 

 

Lo interesante es que en cada período histórico y en cada región los constructores respondieron con sus conocimientos a las necesidades de los habitantes considerando las vivencias de la época, el clima de cada zona y los materiales disponibles. Estas experiencias debían capitalizarse pues en ellas había sabiduría para la adaptación.
En la investigación “Arquitectura Para una Latitud”, encontré los elementos recurrentes que constituían una tradición, es decir que estaban presentes en todas las épocas. Estos elementos serian las sílabas de un nuevo lenguaje para una arquitectura contemporánea. Este lenguaje debía componerse de estas sílabas y no de estilos o tipologías.

Es decir que en las sílabas, encontradas en las arquitecturas tradicionales residía la clave para una nueva arquitectura.
Estas sílabas son, al menos, el alero largo que resguarda la fachada y toda la acera, la libre caída del agua y el caño abierto, el techo que abarca y cubre varios volúmenes, la fachada desmaterializada, la ventana protegida, las aberturas para la brisa, los espacios en sombra que invitan, la integración con la vegetación que tamiza la luz y refresca y el tradicional zaguán central. Aportar la dimensión contemporánea a estas sílabas quedaba pendiente y fue el desafío y también el compromiso.


Entonces el respeto por el clima, el ambiente y las vivencias deben ser, también ahora, el origen de una arquitectura contemporánea que sea una genuina expresión de la cultura en esta latitud tropical.

La fuerza de una tradición está en su capacidad de adaptación al cambio continuo y hacerla evolucionar no es copiar las viejas arquitecturas con nuevos materiales, ni encasillar en viejos espacios nuevas vivencias, ni mucho menos simular, ni fingir, y ni siquiera reinterpretar, como lo hizo con tan malos resultados el posmodernismo, sino buscar la inspiración para concebir nuevas y duraderas formas arquitectónicas actuales y vibrantes. Fue necesario crear una estética nueva y coherente, donde tradición y vanguardia conviven.




La conclusión es que considerar tradición y vanguardia como opuestos es un error pues, una no excluye la otra.Hacer evolucionar la tradición enriqueciéndola con nuevos aportes, y así relacionar el pasado con el presente, es no solo posible sino que deseable.

Esto es importante con el fin de reforzar la cultura cuando los cambios vertiginosos nos hacen perder con facilidad las referencias. Y en el caso particular de Costa Rica, buscar la cultura arquitectónica y teorizar acerca de ella, se ha transformado en una tarea pues implica un esfuerzo y especialmente una voluntad.


Preguntarse ¿cual arquitectura para Costa Rica? es esencial y la respuesta es siempre apremiante. Me hice esta pregunta en 1973 cuando emigré a esta tierra tropical, y la respuesta nació de un proceso que se afirma en la reflexión, en los compromisos escritos y de manera más indeleble en los edificios. Inevitablemente esta pregunta nos condujo a otras: ¿hay una arquitectura costarricense? O más bien ¿ha habido una arquitectura costarricense? La respuesta es, si la hubo, pero hay que ir a buscarla.

A pesar de ser un pequeño territorio hay varias arquitecturas regionales muy inspiradoras, como lo fueron la precolombina bajo los árboles, la colonial cerrada y en adobes, la victoriana urbana y con zagúan y la arquitectura verde de las fincas bananeras. Todas tienen valores equivalentes y no hay ninguna que pueda ser considerada más importante que las otras. Tal vez unas más visibles, pero todas con similar significación.