Fugazmente le vienen a uno los recuerdos confundidos con los sentimientos de afecto por el amigo desaparecido. Fernando Salinas fue lectura obligada para los arquitectos latinoamericanos en la década del 60. Es que la Revolución Cubana proyectaba una imagen de idealismo e ilusiones sobre un continente que empezaba a reflexionar masivamente sobre su destino. La revolución estaba en plena marcha transformando las estructuras económicas y sociales de Cuba. Este proceso era seguido de cerca por muchos latinoamericanos que veían en la mayor de las islas caribeñas una experiencia interesante.
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Su gran aporte fue el sistema conocido como Multiflex (1965-69) que, mediante la fabricación de elementos que se ensamblan indistintamente, dejando una planta libre y concentrando las unidades húmedas, permitía construir diversos tipos de casas, apartamentos, escuelas y hospitales. Representó un avance en la manera de concebir la prefabricación en América Latina.
Fernando era el amigo cálido, de corazón generoso y desinteresado, de sonrisa franca y comentario amable, pero sin concesión, siempre agudo.Profundo conocedor del panorama mundial de la arquitectura, su juicio crítico fue buscado por muchos, y aunque en los últimos 15 años la revolución no le ofreció nuevos proyectos, como jurado y conferencista, aportó su saber y su profundo análisis arquitectónico, tan orientador para muchos, en diferentes países del mundo.
Las anécdotas sabrosas sobre su estadía en las oficinas de Mies Van der Rohe y de Philip Jonson se celebran y comentan entre los colegas. Durante sus años de permanencia en Estados Unidos se le abrieron oportunidades profesionales acordes con su gran talento; sin embargo, se integró a la revolución y abrazó esta causa con mesura y señorío.
De su visita a Costa Rica en 1975, como invitado del Colegio de Arquitectos al Congreso Internacional de Arquitectura, tenía gratos recuerdos: de la casa de Roberto Villalobos, del paisaje rural y de la arquitectura paisajística de los cafetales; pero también de su apasionada defensa de los trabajos y planteamientos revolucionarios, por los cuales abogó con su encendido y caribeño verbo ante las preguntas insidiosas e incrédulas de la audiencia.
Durante las interminables cenas en los restaurantes reservados para los turistas en La Habana y en los días de República Dominicana (sentados en el taxi que nos paseó por la isla, desde la Romana, con su balneario “jet set” de Casa de Campo hasta las caminatas por el viejo casco y los suburbios), Salinas se mostraba con sus rasgos infantiles que apreciaba, aunque esta vez sin mesura; con sus comentarios profundos y universales sobre el hombre, su devenir y sus luchas incumplidas, sobre el rol de la arquitectura en este siglo, que se nos va y nos deja una utopía para el porvenir.
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La arquitectura y el urbanismo, como suele suceder, se incorporaban a ese cambio. El suelo cubano pasó a ser propiedad del Estado y la construcción, iniciativa de la administración. Es decir, la planificación urbana y el ordenamiento del territorio no podían seguir concibiéndose como en años anteriores. También la edificación de viviendas debía replantearse para tratar de satisfacer el déficit creciente de ellas. En estas tareas de fondo intervino Fernando Salinas. Sus proyectos para el conjunto de viviendas obreras en Tallapiedra, la creación del sistema constructivo Multiflex, las oficinas de la Empresa Agrícola y la construcción de la embajada de Cuba en México, quizás su obra más conocida en el exterior, fueron los aportes más divulgados por las revistas especializadas de la época.
Utopía y Realidad
En toda Europa y Latinoamérica, el pensamiento y la obra de Fernando Salinas fueron extensamente divulgados y estudiados en universidades. En ellos había mucho de utopía, pero también de realidad. Se trataba de conciliar el ideal socialista del objetivo revolucionario con la realidad concreta de la isla.
En República Dominicana, en ocasión de la Bienal de Santo Domingo y del Caribe, en noviembre 1990 Salinas mostró toda su obra. Fue un epitafio arquitectónico. Comenzó con su primer proyecto, a los 16 años, una caseta de guarda para una industria. Con pasión y entusiasmo, y una plática amena salpicada de recuerdos y anécdotas, prosiguió su extensa exposición hasta culminar con los proyectos para conjuntos habitacionales de interminables dimensiones.
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