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Mirarse en el espejo fue
el modo de
desarrollo
de la humanidad por milenios. Las respuestas
a
las iniciativas
se encontraban mirando
las imágenes
reflejadas
de la sociedad.
Las sociedades se conformaron
con respuestas que eran repetición
de las acciones
de sus antepasados.
La tradición y la memoria
envolvían la vida como
una referencia única.
La
incorporación de novedades se hacía pausadamente
mediante
la adquisición de nuevos conocimientos.
Se puede decir que el desarrollo
se nutría de
lo que cada sociedad veía
en su propio espejo.
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Esto provoca
un debilitamiento de las
fronteras físicas,
idiomáticas, de
las creencias
y de las costumbres que ha traído
la
incertidumbre como un nuevo
relativismo en la vida.
Las
fronteras culturales y geográficas
se han perforado
y han dejado de ser
líneas en los mapas. Estos
bordes
de una línea, se han convertido en anchos
espacios en los que conviven ambos lados, creando nuevas
realidades que no
son ni una ni otra,
sino diferentes
a ambas.
Se intercambian costumbres,
surgen idiomas
inéditos y se "cruzan"
las culturas creando nuevas
identidades.
La frontera entre México y los EEUU,
las
migraciones de africanos y asiáticos
hacia Europa
y de centroamericanos
en el istmo son algunos
ejemplos.
Las reacciones a la pérdida
de
las certezas han sido múltiples;
en lo político
y religioso,
el fundamentalismo en cualquier
rincón
del planeta,
pero con una visión común de intolerancia,
y en lo cultural,
el interculturalismo que promueve
la
comprensión y el respeto.
De Borges, dice Sábato, "lo
subyuga
la hipótesis de que todos pueden
tener
razón o mejor todavía, que nadie verdaderamente
la tiene".
La pérdida de las certezas ha
dado paso
a una ambigüedad en la que conviven múltiples
situaciones y actitudes
en un equilibrio otorgado por
la tolerancia.
La escasez de tiempo para asimilar
las
influencias y la velocidad
de su transmisión han
aportado
la simultaneidad. Ahora los conceptos
de
ambigüedad y simultaneidad
envuelven nuestras vidas
y
gobiernan nuestras realidades.
Lo uno o lo otro, ha dado cabida
a lo
uno y lo otro en un mismo
instante, es decir que estamos
inmersos
en realidades de inclusión
más que de exclusión.
Volviendo
a la metáfora, estamos ahora frente
a
un espejo que es a la vez ventana,
es decir un espejo
que en el centro
tiene una abertura para mirar.
Esta
imagen nos recrea la simultaneidad pues vemos en el mismo
instante
por el espejo y por la ventana,
es
decir que estamos en un mismo
instante en dos lugares.
Esta experiencia
se da en un lugar ambiguo pues
estamos
en contacto con nuestro
entorno, reflejado en el espejo,
y
con lo que vemos a través
de la ventana. El dilema
del espejo
la ventana, se resuelve entonces
mirando
a la vez por el espejo
y por la ventana.
18 de julio, 2003
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| En seguida, mirar más allá de los confines enriqueció esta
mirada en el espejo y aportó una gran variedad de conocimientos. Algunas
sociedades pasaron de emisoras
a receptoras y según la prioridad
que dieron a estas actitudes fue la profundidad
y velocidad de su cambio.
El simulacro surgió como una práctica deleznable,
pero también
y afortunadamente
la asimilación genuina de influencias
fue el
motor para un desarrollo apropiado basado en una evolución de la tradición.
La
fortaleza de las tradiciones se midió
por su capacidad de adaptación
a
los cambios continuos. Mirar
por la ventana se convirtió en un modo
de
desarrollo tan válido como el reflejarse en el espejo.
Las
sociedades, desde siempre,
han experimentado con el espejo
y la ventana
y según fue el balance, dominaron la imitación y el simulacro
o
la innovación creativa.
Desde hace poco, pero de forma creciente,
la
cantidad de información, la velocidad
de su transporte y la amplitud
de su destino han provocado un enorme trasiego
de influencias que incita
a los cambios. Sabemos que esta situación nueva
para la humanidad,
cuando
no se transforma en conocimiento
y se queda en mera información,
debilita
las referencias culturales,
sociales y económicas. |