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cumplir con el encargo de diseñar en un barrio residencial
de prestigio un edificio de apartamentos grandes, uno por
piso, se buscó un terreno adecuado frente al Country
Club, que posee hermosas áreas verdes. Luego del
análisis espacial del lote y para favorecer las
mejores vistas, se diseñó una planta irregular,
cuyo desarrollo mayor hacia el suroeste, permite apreciar
las vistas lejanas a los cerros de Escazú, a la
vez que se lograba negar la vista hacia el edificio vecino.
Los cerros siempre verdes, cambian de tonalidad y se vuelven
motivo de fascinación. La luz es el espectáculo.
Es a veces fría y otras brillante, gris antes de
la lluvia y luego es diáfana. En diciembre, las
nubes cubren los pisos altos y velan las luces lejanas
de la ciudad. En fin, el paisaje es el actor y el edificio
el espectador. La espiral me ayudó a clarificar
este planteamiento. El centro coincidiría con la
circulación vertical. La curva, a medida que se
traza agranda el área y con ello la posibilidad
de vista. En aquellas áreas la estructura se redujo
a columnas para evitar los obstáculos. Los altos
muros estructurales de concreto estriado se interrumpen
en cada piso con franjas horizontales de ladrillo. Así se
logró suavizar su altura. Por el oeste, los balcones
se intercalan con aleros flotantes que protegen los altos
ventanales del sol poniente. Bajo los aleros, ventilas
de vidrio aseguran la ventilación y la vista hacia
abajo. A la vez, estos aleros por su profundidad crean
franjas de sombra. Trabajamos con materiales cuyo mantenimiento
fuese fácil, como son el ladrillo y el concreto
expuesto, explotando su aspecto natural y contrastándolos
con los grandes vanos vidriados que introducen un brillo
controlado. Este juego de contrastes valoriza a los contrarios:
opacidad versus brillantez.
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